MIRANDO LA MUERTE





Se sentó marchita de ilusiones, parecía que su rostro era el mismo; diez años de angustias y tristezas, la luz pálida inscribía las mismas situaciones del tiempo. El silencio le dio la respuesta frente al espejo, comprendió que ya no era la misma. El ataúd es la ceniza donde yace su cuerpo y el amor fue el misterio de sus ojos. Todo quedo en el olvido.

Aquella mañana la luz rompió el reflejo de la vida, quedo intacta de ternura y los colores se estrellaron en su locura. Su amado regreso a casa, incendió de llanto los recuerdos, su fe se marchitó. Perdió la luz perpetua que un día fue amor y se enterró en el olvido de la muerte.

Litzardo Rivas

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